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Descubriendo el Cosmos (y IV)
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Me acuerdo cuando mi madre me quería hacer entender la experiencia que es tener un hijo, pero yo a ella no la entendía en absoluto; de hecho, con diecisiete años, uno no se plantea esas cosas. Pero finalmente los tuve... y hoy me veo tratando de explicárselo también a los míos.
Ciertamente hay cosas en este mundo que no pueden explicarse, que deben experimentarse y deben vivirse, de lo contrario lo que no podemos hacer es discutirlas demasiado ni menospreciarlas. La ignorancia es muy y atrevida y suele vestirse de argumentos contundentes, erróneos casi todos ellos en el mejor de los casos.
Por eso creo en la importancia imperativa de una buena educación y de los valores todos (sociales, políticos, económicos...) pero no de aquella hecha a base de decretos, mandatos, órdenes, leyes y normativas a la medida y provecho del veleta de turno, sino de aquella otra que de alguna manera –casi introspectiva- muchos sentimos como la más necesaria, adecuada, próspera y vital para todos.
En EGB y Bachillerato yo no me daba cuenta de los profesores que tuve en aquella época, para mí eran seres repelentes en aquel entonces, pero hoy, cuando los veo por la calle, mi sentimiento es de un absoluto respeto y reconocimiento. ¡Qué buenos profesores tuve! Llegaban a clase únicamente con una tiza en los dedos y no necesitaban abrir ningún libro para responder la consulta de un alumno.
Y cuando teníamos que hacer un trabajo cogíamos el bolígrafo o la máquina de escribir Olivetti Lettera 35 (casi todos teníamos la misma) y nos poníamos a copiar el texto de la Enciclo
pedia Universal al uso (casi todos teníamos la misma) modificando algunos párrafos para que “no se notara” que estaba copiado, pero al menos teníamos que leer mientras escribíamos. Cosa muy distinta a la de ahora que con un [Ctrl-C] [Ctrl-V] muchos montan un trabajo de fin de curso en media hora sin haber leído prácticamente nada de lo expuesto.
He comentado también el ambiente social, político, tecnológico y científico que vivimos en aquella época. Y pese a que los medios de comunicación no eran tantos como los actuales, aquella información nos empapó de arriba abajo. Y comprendimos las atrocidades de las dos Guerras Mundiales. Y temíamos también lo que pasaría en caso de una guerra nuclear. Y nos llegaban imágenes de Júpiter y Saturno y de la vastedad toda ella del Sistema Solar. Y finalmente Carl Sagan dijo de la Tierra que era “un punto azul pálido” perdido en la inmensidad del espacio. La Tierra se nos antojó como un lugar que debíamos cuidar muy bien ¿Lo estamos haciendo?
Quizás todas estas circunstancias contribuyeron a que de mi generación surgieran un buen número de aficionados a la astronomía, pero también –al menos en mi caso- que entendiéramos la astronomía no sólo como una disciplina científica, sino como una manera de ver y comprender el planeta Tierra: más próximo, más necesario y más frágil, con todo lo que ello supone en cuanto a su cuidado y correcta gestión de sus limitados recursos.
Sin embargo hoy parece que no hay límites a nuestra voracidad. Las nuevas generaciones están viviendo en un entorno social que arrasa con todo cuanto tiene por delante con tal de mantener el poder político, económico y social. Las personas no importamos, somos piezas que se manipulan con mucha facilidad con discursos demagógicos llenitos todos ellos de farsas, mentiras y engaños que cuelan muy bien gracias a todo un sistema de propaganda basado en una ingeniería que aprovecha todos los medios de comunicación. Y la salud del planeta tampoco les importa lo más mínimo.
En realidad esto ha sido así desde siempre, pero con el paso de los años creo ver un deterioro acelerado de los valores que realmente nos son necesarios y que podría acabar arruinándolo todo. Pero lo peor es que las nuevas generaciones no están creciendo en un ambiente que propicie el esfuerzo, porque el esfuerzo no se premia y gana lo chabacano y lo inútil: el idiota es el centro de atención y se lleva los aplausos convertido en ídolo (pero no peca el idiota, pecan quienes le aplauden). Tampoco se está fomentando el espíritu intelectual y creativo. La libertad de pensamiento no interesa: más bien que pasemos todos como rebaño de borregos por los valles y montañas de unos señoríos y de otros cobrando cada uno de ellos los debidos impuestos de peaje. Y existe además un exceso de información inútil y una carencia casi absoluta de transparencia y veracidad. Y añadamos aquí el abuso cuasi enfermizo que se está haciendo de las pantallas embutidas en dispositivos cada vez más pequeños y versátiles donde se espera encontrar todo lo que necesitamos (lamentablemente todo lo que se quiere que necesitemos).
En un escenario así no es de extrañar que los individuos pierdan contacto con la realidad y vivan en un mundo virtual, donde la comunicación impersonal los convierte a casi todos en chamanes de grandes ideas y discursos, pero que lo son sólo a través de las redes viviendo su propia farsa:
- Qué aburrimiento, vaya mierda...
- vamos a hacernos una foto y la colgamos en el facebook...
- ¡venga todos a reir!
- ya está colgada, jeje
- Qué aburrimiento...
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En fin...
Cuando yo descubría un nuevo planeta o reconocía una nueva constelación en el firmamento, me emocionaba, era un acontecimiento que venía a demostrar mis progresos, premiaba mi aprendizaje y motivaba para seguir adelante. Aún así llegué a dejar escrito este párrafo en una ocasión:
“Aunque ahora lo veo muy fácil no me lo pareció tanto al principio y si bien el esfuerzo proporciona conocimiento y experiencia no me habría venido nada mal, por aquel entonces, alguien que me explicara todos aquellos números. Los números de la Astronomía”
Hoy me he convertido en alguno de aquellos “alguien” y trato de explicar a otros todo lo que a mí no me explicaron. Sin embargo ya no estoy tan convencido de que deba ser así, quizás sea necesario, pero quizás no sea suficiente: es fácil dar una charla explicando el Sistema Solar mostrando las espectaculares imágenes planetarias de las sondas Galileo y Cassini, o un Universo repleto de formas y colores imposibles al ojo humano. Quizás fuera más provechoso para la reflexión y la creatividad carecer de tantos medios y partir de cero para hacerse uno mismo aquellas preguntas que yo me hacía de pequeño cuando miraba a las estrellas. Pero hoy es para muchos imposible. Habrá muchas razones, pero la más importante es que los niños ya no juegan en los campos, ni siquiera en las calles; en todo caso en plazas y parques inundados de luz artificial rodeados de edificios donde, en según qué lugares, es imposible distinguir apenas un tétrada de estrellas.

Yo, explicando cosas de astronomía
Así que no queda más remedio que afrontar los tiempos y buscar fórmulas que reactiven el interés por el conocimiento, por el descubrimiento, por el desarrollo y la creatividad personal, por la crítica y la autocrítica y por la libertad del pensamiento individual y no dejar que todo nos llegue pasivamente a través de una pantalla que a saber quién hay detrás.
¿Y cómo? Pues no lo sé exactamente, pero tengo por principios no tirar la toalla, no abandonarme a las corrientes al uso ni a las propagandas y discursos mezquinos e interesados y, por encima de todo, mantener el recuerdo de aquellas inquietudes e intentar transmitirlas con la misma emoción que supone el descubrimiento científico.
¿Con qué fin? Recuperar la consciencia de que habitamos el único planeta que actualmente puede dar soporte a una tal variedad de vida como la que conocemos. Y que la vida y esa misma consciencia ha tardado 4500 millones de años en evolucionar y sería de estúpidos echarla a perder.
¿Y? ¡Porque queda todavía tánto Cosmos por descubrir!